September 8, 2015 Tonga, Viajar 1 Comment

 

 

El tercer día el ritmo de isla ya comenzaba a calar entre nosotros. Estaba compartiendo habitación con Marcela, la chica mexicana que conocí en el Aeropuerto y más o menos la convencí para que se viniera conmigo haciendo auto-stop hasta las playas del oeste y que tomara el sol mientras yo surfeaba. Después buscaríamos otra carrera hasta los blowholes, unos agujeros naturales que se han creado de la erosión de las olas y que crean el efecto de un geiser. Esta vez tuvimos suerte con el conductor que nos recogió un señor jubilado que había vivido en Los Angeles toda su vida pero que ahora había vuelto a su tierra y se estaba construyendo una casa en la playa donde íbamos, al llegar nos regaló un par de plátanos y nos fuimos andando hasta la rompiente.

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Después de la sesión de surf, donde tuve la suerte de conocer al que es (segun él) el único Tongano que surfea, y de que Marcela tomara el sol, nos volvimos a posicionar en el arcén de la carretera. Tan solo levantar el dedo pasaba un coche, y se paró. Resultó que era un kiwi que andaba en la isla por trabajo, justamente una instalación de paneles solares, le comenté que yo trabajaba en eso en Nueva Zelanda y que seguramente recibieron un email mío buscando trabajo, Ross se río y me dijo: „Sorry for that“. Casualmente él también se dirigía a los Blowholes, así que juntos nos fuimos hacia allí. Después de las fotos y comprar regalitos para su hija, Ross nos dejó en nuestro hostal. Aquella noche descansaríamos esperando coger fuerzas para el día siguiente, la salida en busca de ballenas.

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Nos levantamos pronto, desayunamos y nos dirigimos hacía el puerto. Íbamos Marcela, yo y una pareja de españoles (Cristina, de Madrid y David, de Sevilla) que están de vuelta por el mundo. Fue una gozada encontrarme con ellos y que me explicaran su viaje que había comenzado hacía 8 meses en Rusia; Habían cruzado todo Rusia en el famoso tren transiberiano, habían pasado un mes en el desierto de Gobi en Mongolia y después habían recorrido todo el Sudeste asiático y toda Australia. David también escribe un blog y pudimos compartir un poco nuestras experiencias y opiniones acerca de lo que significa un blog de viajes y de todo el mundillo que rodea este fenómeno… El blog de David se llama Desde Mis Alturas (David mide 2m) y lo podéis leer y seguir aquí. Volviendo a las ballenas, al llegar a la oficina, nos obsequiaron con nuestro equipo de snorkel, parecía que no habían hecho las cuentas muy bien y faltaban unas aletas para David, que al final tuvo que usar las de un monitor; Una vez embarcados nos dieron el briefing de cómo iría toda la acción. Primero avistaríamos un grupo de ballenas y nos intentaríamos situar bastante cerca, en ese momento uno de los grupos se tiene que preparar para saltar al agua al toque de voz, la acción era un poco al estilo militar, todos sentados en la plataforma de detrás del barco esperando la orden de saltar. Una vez en el agua teníamos que nadar a toda velocidad hacía las ballenas antes de que ellas se fueran. Si se iban volveríamos al barco y las continuaríamos siguiendo hasta que estuviéramos cerca otra vez, y así todo el día. No tardamos ni 20 minutos en avistar una ballena, cuándo estábamos cerca otra se acercó y se quedaron jugando, saltamos al agua y en ese momento se fueron. Se ve que las ballenas se asustan al oír chapoteos en el agua y por eso se van. No fue hasta el tercer intento que pudimos ver de cerca al precioso animal. La situación fue como estar soñando, vas nadando, dirección a través en el agua no había mucha visibilidad y de repente te aparece un animal de 12m que está como danzando dentro del agua, moviendo su cola y jugueteando con sus aletas. El corazón me iba a mil y las emociones estaban a flor de piel, no se cómo describir la sensación de ese momento, lo que sé es que la repetiría mil y una veces hasta que mis ojos y mi cerebro se acostumbraran a tal belleza. Pensar que una criatura de 40 toneladas de peso que había nadado más de 4000 km desde la Antártica estaba delante de mí sin importarle lo más mínimo mi presencia me hacía sentir pequeñito e insignificante. Han pasado ya dos semanas desde que tuve la suerte de nadar con ellas, pero aún cerrando los ojos puedo revivir lo bonito e indescriptible que resulta ver danzar a una ballena bajo del agua, se mueven con una facilidad y hermosura de otro planeta. En total pudimos realizar 7 inmersiones, 5 de las cuales tuvieron éxito y pudimos ver las ballenas de cerca. Parecía que a lo largo del día ellas se iban acostumbrando a nuestra presencia, y les gustaba. Incluso estuvieron una madre y un hijo “bailando” delante del barco mientras las admirábamos desde la proa. Recomiendo esta experiencia a todo el mundo y yo de seguro que lo repetiré a lo largo de mi vida, pues con una vez no tuve suficiente para poder captar la belleza de sus movimientos y cuerpos. Solo espero que en los países donde aún se come y se cazan ballenas hagan como en Tonga, donde antes el festín de Ballena era todo un evento, pero desde que comenzaron a ver que vivas tenían mucho más valor porque atraían al turismo, han prohibido y dejado de cazar y comer ballena.

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Después del día en el barco nos deleitamos con un manjar en un pequeño restaurante llamado Twelve Seafoods queda un poco escondido en un hangar del Queen Salote Wharf, pero la comida es deliciosa. La especialidad se llama Ota Ika, es una especie de ceviche marinado con leche de coco y servido con cebolla y chile, toda una delicia para los amantes del pescado y del sushi!

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Terminamos el día en el hostal probando una de las bebidas locales más famosas, el Kava, esta se prepara machacando la raíz de una planta y se mezcla con agua, es una bebida que no se puede comprar en los bares, te la tiene que preparar una persona local y normalmente la beben solo los hombres en los llamados Kava clubs, que simplemente son locales (o la casa de alguien) donde se reúnen los hombres para beber Kava. No es una bebida alcohólica, pero tiene alguna sustancia que la hace analgésica y te lleva la cabeza a otro sitio. El sabor del Kava es como de tierra, y tiene un color marrón, David y yo tomamos unos 4/5 vasos y nos notábamos más relajados y alegres pero en ningún momento notamos un subidón o alucinaciones. Sin embargo, nos comentaron que si te tomas unos veinte vasos, te vas volando a otro mundo y el resacón del día siguiente es bestial también.

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Aquí un pequeño video de los mejores momentos grabados con la GoPro:

 

Written by oriolSP
Siempre curioso, salí en mayo de 2015 a explorar el mundo, iba a ser un corto viaje y se ha convertido en una forma de vida