07/11/2015
Pangboche, 3985m

río Lalao

Desde las 3 de la mañana despierto, mi cabeza dando vueltas alrededor de lo que me espera en los siguientes meses. Con un futuro incierto en Nueva Zelanda y poco dinero en el bolsillo, mi objetivo en las antípodas pasa por ahorrar suficiente como para poder seguir viajando por el SE Asiático. Nervioso, como un niño antes de Navidad, me muerdo las uñas, miro el mapa del mundo en el teléfono, imagino rutas, experiencias, comidas, culturas, olores… Pero nada de eso será posible si antes no termino la ruta en los Himalayas, por ahora aún me quedan entre 10 y 15 días de andar pienso… Y me duermo… a las 5 de la mañana.

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Amanece soleado, bajo a desayunar, todo preparado para partir hacia Dukla, situado a 4600m. Nos despedimos de Theshi y de su familia. Nos poníamos en marcha junto a William. No tardaríamos en separarnos, justo en la línea de árboles de los Himalayas nos despedimos de nuestro amigo holandés, él se dirigía hacia Dingboche para hacer una subida un poco más suave que la que teníamos en mente. Justo en ese punto, el camino marcado del EBC track desaparecía para dejar al caminante escoger su propia ruta, con un valle inmenso ante nosotros, tuvimos que cruzar el río para llegar sobre el mediodía a Pheriche, donde comimos. Lalao en lugar de cruzar el río por el puente quiso poner a prueba sus dotes aventureros y buscar un sitio donde cruzar un poco más adelante, muchas veces salir del camino marcado conlleva grandes satisfacciones y buenos resultados, pero esta vez no le funcionó nuestro amigo mexicano. Acabó con agua hasta las rodillas después de intentar crear un pequeño puente con piedras, el río no es que fuera muy grande, era agua que provenía del deshielo de los picos y glaciares de la zona, y en ese punto, no era más que una serie de arroyos anchos que después se juntaban hasta formar el río de la valle del Khumbu, potente y ancho con turquesas aguas.

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En Pheriche comimos algo potente, habíamos dejado de pedir siempre Dal Bhat ya que el sabor y lo monótono del plato después de cinco días de caminar, habían dejado paso a probar las otras ofertas culinarias de la zona. Básicamente la pasta con verduras pasada por la sartén y con queso rallado encima, el sabor de ese particular plato es uno que jamás se me olvidará, no se por qué razón, el sabor de las verduras salteadas junto con la pasta, sabían exactamente igual en cada uno de los alberges en que dormíamos; incluso hoy, si pruebo un plato de pasta con verdura salteada me recuerda al sabor de esos platos en las alturas de los Himalayas.

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Salimos de Pheriche con una vista espectacular ante nosotros, quizás el mejor paisaje que he contemplado hasta el momento. Ante mí, varios picos de 5000 y 6000 metros se levantaban, el camino era un altiplano que iba subiendo poco a poco y por donde bajaban los riachuelos de agua glacial. Solos, andando por un valle tan grande que no se podía abarcar de un solo vistazo, la única palabra que se me venía a la cabeza era LIBERTAD. Ese paisaje repercutió en nuestros ánimos, ya no importaba la rodilla jodida de Eric, el peso de mi mochila o la ropa mojada de Lalao, solo importaba el hecho de estar ahí, nosotros tres y los Himalayas, con la libertad de escoger por dónde queríamos ir, nadie nos guiaba, nadie nos decía dónde parar, éramos libres de decidir cada segundo de nuestros días. ¿Qué mejor sensación puede tener un hombre, que la total libertad de decidir su camino ante un valle abierto de posibilidades?

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Cuando el valle comenzaba a estrechar, cruzamos el río de nuevo para llegar a Dukla, donde solo había dos albergues, nos fuimos a uno, el cuál nos había recomendado el empleado del restaurante de Pheriche. Nos había escrito una nota para que se la diéramos a su hermano que trabajaba en ese hostal y nos trataría bien. Pasamos la noche leyendo y escribiendo al lado de la estufa de heces de Yak, y al ir a las habitaciones, vimos un cielo bañado de estrellas con la vía láctea brillando encima de nuestras cabezas. Fuimos a por las cámaras, los guantes, las chaquetas, las botas… Y nos pasamos una hora disfrutando de retratar tal espectacular cielo. Como niños, nos fuimos a la cama, excitados por lo cerca que estábamos de llegar a nuestro destino.

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08/11/2015
Dukla, 4600m

Llegando a nuestro destino

La mañana era helada, tan solo asomar la nariz por el saco de dormir se me congelaba la punta. Salir del saco de dormir era como si te metieran en una nevera desnudo después de una sauna, la sensación de calor que sentías en el saco se transformaba en un abrir y cerrar de ojos en un frío gélido que cortaba la respiración. Bajamos a desayunar, a medida que íbamos subiendo, se notaba que nuestros cuerpos nos pedían más calorías y ya pasábamos de sopas y copos de avena e íbamos directos a los macarrones con queso y dal bhat. Ese día teníamos que subir hasta los 5100m, a Gorak Shep, para al día siguiente llegar hacia la primera meta de nuestra ruta, el campo base del Everest. Teníamos miedo del mal de altura, y por eso queríamos pasar una noche ahí arriba y ver cómo nos sentíamos. Mientras desayunábamos llegó Cosmin, un joven rumano que había tenido que bajar de Lobuche, el siguiente pueblo, situado a 4950m porque se había pasado toda la noche con dolor de cabeza, un síntoma muy típico del mal de altura, le dio justo en el momento de meterse en la cama así que tuvo que pasar toda la noche en vela esperando al amanecer para poder salir y descender, la única cura para el mal de altura.

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Salimos del albergue cargados de entusiasmo. El día, espléndido de nuevo, nos daba la bienvenida con una fuerte subida al principio, se nos unió un perro de Dukla, que pensó que estaría mejor con nosotros que tirado en Dukla tomando el Sol, nos siguió hasta que llegamos al lugar donde reposan los restos de muchos alpinistas que fallecieron en su intento de coronar al Everest, había tumbas y altares de Sherpas, Europeos, Asiáticos… Todos habían llegado por ese camino y todos iban hacia el mismo destino, algunos por primera vez, otros repetían; algunos por placer, otros por necesidad. Todos y cada uno de ellos habían llegado ahí porque algo más grande les empujaba a hacerlo, y había algo diferente en ese cementerio de alpinistas, era un cementerio lleno de perseguidores de sueños. Y eso se reflejaba en las inscripciones que las familias y amigos habían dejado en sus lápidas, no se lamentaban por su pérdida, sino que celebraban que esa persona hubiera tenido el valor y la valentía de haber perseguido sus sueños más profundos.

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Glaciar del Khumbu

Paramos a comer en Lobuche, a 4950m, las siguientes dos horas de travesía pasaron sin mucha relevancia, hasta que nos cruzamos con el californiano de Namche Bazar que justo bajaba del Kala Patthar, el pico anexo a Gorak Shep y que ofrece unas vistas increíbles del Everest. Este nos comentó que justo pasada la pared que teníamos delante veríamos el glaciar del Khumbu y nos quedaríamos pasmados. En mi vida había sido testigo de cómo se veía un glaciar, y estaba expectante de ver trozos de hielo moverse valle abajo, escuchar el sonido del hielo romperse a nuestro lado… La inmensidad de ese glaciar es desorbitada, siendo su nacimiento la cascada de hielo del monte Everest, el glaciar del Khumbu es alimentado por otros dos pequeños glaciares, el Changri Nur y el Changri Shar, los cuales cruzas para llegar a Gorak Shep, cruzarlos fue como andar por escombros de rocas, unas encima de las otras. No se veía el hielo como en otros glaciares de los que había visto fotos, no sé si debido al terremoto que sacudió Nepal en abril o a otras circunstancias, pero el paisaje era espectacular y retratarlo fue realmente muy difícil, las fotos que tengo de ese punto no son para nada lo que mis retinas retuvieron.

Llegamos a Gorak Shep agotados. El aire se notaba mucho más difícil de respirar y a Lalao le comenzaban los síntomas del mal de altura con un poco de dolor en las sienes. En mi caso solo noté rampas en las extremidades de mi cuerpo, sobretodo si agitaba muy rápidamente los brazos, notaba unos pequeños calambres en las puntas de los dedos. En el albergue donde nos hospedamos había un grupo enorme de holandeses, comimos junto al fuego y nos fuimos a dormir, hacía mucho frío y tan solo meternos en la cama, tan solo tumbarme me vino un pequeño pinchazo en la cabeza.

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Gorak Shep, el camino al Everest y el glaciar del Khumbu

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Written by oriolSP
Siempre curioso, salí en mayo de 2015 a explorar el mundo, iba a ser un corto viaje y se ha convertido en una forma de vida