February 17, 2016 bitácoras, hiking, Nepal 3 Comments

Aterrizando con bermudas y chanclas en Nepal

Los primeros días en Katmandú, habían pasado prácticamente entre tiendas de deporte de montaña y restaurantes. Fueron tres días intensos en los que tuvimos que recorrernos todas las tiendas de Thamel, la zona turística de la capital del Nepal, para poder encontrar todo aquello que necesitábamos. Llegábamos al Nepal, para realizar un trekking de tres semanas y no teníamos ni botas de montaña; suerte que al reservar los billetes de avión decidimos hacer ida y vuelta a Bali y desde allí salir hacía Nueva Zelanda, sino la imagen de dos tíos de veinte y tantos con camisas de colores, bañador y tablas de surf habría levantado muchas preguntas a nuestro alrededor, especialmente considerando que los nepalís no tienen ningún problema en preguntarte por cualquier cosa.

La cuestión es que después de dos días de tiendas en Katmandú estábamos listos para volar hacía Luckla y comenzar así nuestra aventura hacia el campo base del pico más alto del mundo. Además de nuestra ropa y botas, habíamos adquirido un tercer miembro en el equipo de la expedición, Lalao. A Lalao lo conocimos en el vuelo de Kuala Lumpur a Katmandú, de primeras pensamos que era un nepalí (tal y como en el siguiente mes afirmarían más de una veintena de puros nepalís) pero comenzamos a entablar conversación en castellano, Lalao era mexicano y estaba de viaje por el Sudeste Asiático, llegaba al Nepal sin ningún plan claro en mente y abierto a cualquier oportunidad que saliera. Al salir del avión hicimos la cola del visado juntos, de ahí cogimos un taxi también juntos y decidimos compartir habitación los tres aquella noche ya que así salía más económico. Al día siguiente, mientras tomábamos los tres un café, Eric y yo comenzábamos a mirar la ruta que teníamos que seguir, Lalao, en tono tímido y sin querer preguntarlo como algo a lo que uno se ve obligado a decir que sí, nos preguntó si se podía unir al equipo con nosotros dos, las sensaciones que a los dos nos daba el chavo eran buenas así que no dudamos en decirle que sí y así es como el duo se convirtió en trío y nació la expedición Los Rotos ya que ninguno de nosotros tenía mucho que gastar en nuestro camino hacia las faldas del techo del mundo.

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Durante esos días en Katmandú conocimos básicamente a alpinistas, trekkers o voluntarios que trabajaban en ONGs locales, sobretodo ayudando con el desastre del terremoto que dejó gran parte del Nepal bajo escombros. Un alpinista que nos ayudó bien de entrada fue Dean, un canadiense al que pregunté básicamente porque cumplía con todos los estereotipos que puede tener un alpinista sentado en un café en Katmandú; vestía chaqueta de marca de alta montaña, llevaba chanclas de trekking, pantalón corto, barba holgada, cabello blanco y la piel de la cara dura y bronceada, parecía que ese rostro venía con historia, como si tuviera marcas de hazañas pasadas ahí gravadas, hazañas felices como haber subido el pico más alto del mundo y otras derrotas como haber tenido que dar media vuelta al intentar conseguir coronar el Amadablam, una montaña más baja que el Everest pero mucho más difícil a nivel técnico. Dean nos indicó una tienda dónde podríamos encontrar material técnico de calidad y no de marca falsa –o North Fake como le llaman los propios nepalís-. Varios conocidos ya nos habían avisado de que la mayoría de material que se encuentra en Thamel es falso, e incluso el dependiente de la tienda donde nos compramos la chaqueta Gore-Tex y el saco de dormir nos avisó: “Aquí todo es North Fake, si el saco pone que es bueno para -10ºC, será bueno para -5ºC”. Así de claro y sin tapujos nos vendían ropa de montaña en Thamel. Solo queríamos dos partes de nuestro equipo de buena marca: las botas y la mochila; La mochila ya la teníamos, y las botas las compramos en la tienda que nos recomendó Dean, que además tenían rebajas.

Descubriendo Katmandú a pie

Una vez tuvimos terminadas todas las compras, me sentía libre de nuevo. Después de casi un año y medio sin “ir de compras” para ahorrar, no sabía lo mal que lo pasaba teniendo que visitar tiendas y tiendas de ropa de montaña, y más pensando que en menos de tres días estaría de camino a 5000 metros de altura y todo lo que llevaría en la mochila serían esas prendas y que mi confort, salud y bienestar iban a depender, básicamente, de ellas. Terminamos las compras a tiempo, y el último día pudimos salir a las calles de Katmandú, cámara en mano y explorar un poco la ciudad, teniendo una primera toma de contacto con las comidas y gentes locales. No tardé en sorprenderme de lo modernos que iban los jóvenes nepalís, con un estilo muy occidental pero conservando los toques tradicionales de su cultura, sobretodo lo relacionado con simbología religiosa, en este caso hindú o budista.

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Después de caminar durante unas horas a través de las bulliciosas y frenéticas calles del antiguo Katmandú, Eric y yo decidimos probar un afeitado local. A mi la idea no se me había pasado por la cabeza, pero mi compañero de viaje ya había puesto su vello facial en las manos de un completo desconocido en el sudeste asiático y el resultado había sido increíble, así que tenía clarísimo que quería repetir y probar un barbero nepalí; por el irrisorio precio de 1,20€ no podía decir que no a cambiar de look para adentrarme en las montañas más altas del mundo y darle un poco de aire fresco a mi cara, la cual llevaba sin ver una navaja o cuchilla de afeitar, años. El primero en afeitarse, fue Eric, el se decidió por dejarse un MUSTACHO al más puro estilo motero americano de Harley Davison o policía de Miami Vice. Yo me puse a las manos de otro barbero local, me decidí por dejarme una perilla, mi idea era dejarme una perilla ruda, que diera miedo, pero lo que me hizo el buen barbero fue dejarme una perilla bien rasurada, larga y puntiaguda al más puro estilo Snoop Dog o Jafar de Aladín, que también dan miedo en su modo, pero otro tipo de miedo. La experiencia de ser afeitado por un barbero local en Nepal fue todo un acierto y no dudaré en repetir en mis futuros viajes, son cosas que en el mundo occidental, simplemente no hacemos porque por el precio que se tiene que pagar, para nosotros no vale la pena, pero cuándo el precio es tan irrisorio como en estos países, cuesta poco decidirse por pasar la navaja por la cara.
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Volando a Lukla, la puerta del Everest

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Un aterrizaje acojonante.

Después de casi 4h de retraso por imposibilidad de vuelo, estábamos aterrizando en los Himalayas, en el aeropuerto más peligroso del mundo; Casi no pudimos ni darnos cuenta del aterrizaje, “¿Dónde está la pista?” pregunté yo, “ahí abajo” respondió la azafata, y en menos de 2’ estábamos estacionados en el final de la pista del areopuerto de Lukla, delante de un muro de piedras. Durante el vuelo se veían picos nevados entre las densas nubes que se enroscaban alrededor de las montañas. Volábamos 7: Eric, Lalao, yo, una azafata de vuelo, un guía sherpa, el piloto y el copiloto; el resto del avión de Yeti Air iba atestado de comida y bebida –especialmente ron-.

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Para llegar al aeropuerto, nos acercó un taxista que antes había sido porter (portador de equipajes o suministros) en los Himalayas; nos puso al orden del día de la situación que vivían los nepalís en aquel momento, India estaba realizando un bloqueo total de combustible porque no le gustaba la nueva constitución que había salido del parlamento nepalí, especialmente los puntos relacionados con la religión hindú, nos comentaba mientras nos llevaba al aeropuerto en un pequeño cuatro plazas estilo mini cooper o Peugeot 205, con nuestras mochilas metidas en el techo con un rack.

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Salimos del aeropuerto de Lukla después de ver como el avión con el que habíamos llegado volvía a desaparecer perdiéndose el precipicio por el que nosotros habíamos hecho aparición hacía menos de 10’. De ahí fuimos a registrarnos y a comer algo antes de comenzar la ruta, ese día nos esperaban tan solo 6km y básicamente de bajada, teníamos tiempo suficiente de llegar al hostal antes del anochecer.

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Written by oriolSP
Siempre curioso, salí en mayo de 2015 a explorar el mundo, iba a ser un corto viaje y se ha convertido en una forma de vida