February 23, 2016 bitácoras, hiking, Nepal, Viajar 1 Comment

Primer sorbo de las montañas

El día parecía medio nublado y pasaba por en medio de pequeños pueblos y aldeas nepalís, cada casa tenía una pequeña huerta donde cosechaban diferentes vegetales y hortalizas, las nubes bajas pegadas en las montañas daban un tono misterioso al paisaje, aún estando a más de dos mil seiscientos metros de altura, las montañas eran frondosas en árboles, y contrastaban con el gris de las casas. El aire humedecido por las nubes daba la sensación de que hacía frío, pero a los pocos minutos de andar, nuestro cuerpo comenzó a calentarse y las capas que llevábamos encima fueron reduciéndose.

No tardamos en comenzar a cruzarnos con porteadores, una de las claves de la economía de los Himalayas; los porteadores son los encargados de subir y bajar cualquier de los bienes que se necesitan en las aldeas, desde comida, hasta materiales para la construcción, pero con lo que ganan más dinero es subiendo el material de las expediciones alpinas, que son normalmente petates de North Face llenos hasta los topes de cuerdas, arneses, piolets y demás equipo alpino. Pueden llegar a cargar hasta 40-50kg en sus espaldas y cuánto más peso y a más altura el trayecto, mejor pagados son. Su forma de llevar las cargas es característica, los petates se los cargan en la espalda, dejándola plana como una mesa y haciendo pasar una cinta ancha por sus asas colgándosela después de la frente. Marchan con paso firme, mirada fija en el suelo sin protestar, con una leve sonrisa en su rostro, o con la mandíbula contraída si la carga es demasiado pesada. Subiendo, bajando, descansando cuando el cuerpo no les permite más, gracias a ellos podemos subir ahí arriba a explorar y admirar el techo del mundo.

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A la mitad del trayecto cruzamos una pequeña aldea budista, dentro de una pequeña construcción de piedra había un monje haciendo rodar una praying Wheel (rueda de oraciones), me quedé quieto, contemplándolo y disfrutando de la visión que me rodeaba, los picos enfrente y el río detrás corriendo por el valle, sobre mi cabeza banderas de oración budistas ondeando y PAZ en el ambiente.

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Llegamos a nuestro destino, Phandik, buscamos una casa donde poder alojarnos aquella noche y comer, todas las casas tenían los mismos precios y condiciones, así que al final nos decidimos por un lodge al final de la aldea. Después de cenar y charlar con un alegre guía nepalí, nos vamos a la habitación, leo un poco y caigo en un sueño profundo.

De camino a Namche Bazar

Era nuestro segundo día andando, nos levantamos pronto y con frío, fuimos directos a desayunar, mi menú constaba de una mezcla de cereales típica del valle del Khumbu, Tsampa, nos la recomendó el guía sherpa la noche anterior. A la vista no resaltaba mucho, parecía simplemente copos de avena con agua y, sin azúcar, tenía un sabor muy insípido. Antes de irnos, tuvimos la gran sorpresa de descubrir que en nuestra habitación había agua caliente, así que aunque fuera solo nuestro segundo día de camino, no dudamos en pegarnos una buena ducha caliente ya que sabíamos que quizás no volvíamos a disfrutar de ella en muchos días.

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Comenzamos a caminar, 7km por delante hasta llegar a Namche Bazar, y casi 1000m de desnivel positivos. El camino serpenteaba a través del valle del Khumbu, la entrada al Everest. El paisaje estaba dominado por el verde del valle y los árboles, cruzamos alguna aldea pequeña, no podría ni llamarlas pueblos, ya que realmente ahí no vive nadie durante el año, la mayoría de familias están ahí solo durante las temporadas de alpinismo y senderismo y pasan el invierno en su pueblo nativo en las montañas o en ciudades. Nos Paramos a comer en un lodge, en el menú había los mismos platos que dónde habíamos cenado y dormido, y ya tuvimos la intuición de que así sería a lo largo de nuestro recorrido, misma comida pero creciente precio a medida que la altura va subiendo. Los tres nos decidimos por tomar un Dhal bat (arroz y lentejas) con un poco de curry de vegetales, es la comida básica del Nepal y de los trekkers, lo curioso con este plato es que una vez te has terminado la porción, vienen y te ofrecen de nuevo arroz, sopa de lentejas y curry, sólo pasa con este plato y no se paga por repetir, lo que lo hace la elección casi segura al llegar hambriento después de ocho horas de andar por los Himalayas.

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Después de comer, seguimos nuestra ascensión hacía Namche Bazar, situado a 3400m y donde pasaríamos las siguientes dos noches para aclimatar el cuerpo a las alturas a las que nos tendríamos que enfrentar en los siguientes días y así no sufrir de mal de altura. El camino seguía serpenteando el río y cruzándolo a través de enormes puentes colgantes, algunos eran tan largos y tan altos que al cruzarlos se tambaleaban como una cuerda y era difícil mantener el equilibrio. El espectáculo visual hacía que olvidaras los temores de que, de repente, algo pudiera mandar al puente, y a los que en él andábamos, al fondo del valle del Khumbu.

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Después de una subida de casi 600m vertical, llegamos a Namche Bazar, fuimos derechos a un café donde nos habían dicho que cada día pasaban una película explicando la vida de los sherpas. Al llegar, el bar estaba hasta los topes y la película había comenzado, así que nos sentamos a calentarnos con un café. Se nos unió William, un holandés de unos 40 y pico que también estaba haciendo el sendero hacia el Campo Base del Everest e iba solo. Nos lo habíamos cruzado varias veces durante ese día y no dudamos en invitarlo a nuestra mesa, se fue antes que nosotros después de terminarse su café ya que quería encontrar alojamiento antes de que fuera demasiado oscuro. Antes de irse, William nos informó que nuestros cafés estaban pagados, le dijimos que no hacía falta y nos contesto “algún día vosotros también pagaréis unos”. Esa frase provocó una sonrisa en la cara de un californiano de unos cuarenta, bastante en forma y con una mirada apasionada, al igual que su forma de hablar, cada palabra que decía era porque la sentía. Él nos comentó que en sus veintitantos, un hombre le había dicho esa misma y exacta frase al pagarle una cerveza en un bar mientras viajaba por el Sudeste Asiático. De ahí comenzamos una conversación muy interesante sobre lo que significa viajar y sobre lo que significan los Himalayas, él había llegado al Campo base del Everest hacía ya unos veinte años, comentaba que todo estaba cambiado, que ahora todo era más fácil y los sherpas y nepalís de la zona vivían mejor, pero para él las montañas seguían transmitiéndole una vibración especial, algo que no podía describir con palabras. Había venido de nuevo porque algo en su interior le había llamado a volver, algo dentro suyo le decía que tenía que volver a caminar hacia el mismo destino que hacía veinte años había culminado, y ahí estaba, con sus cuareneta y pico volviendo a dirigirse al campo base del Everest.

Namche

Namche Bazar

La llamada de Sagarmatha

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Aquella noche dormimos en Namche Bazar y nos despertamos antes de la salida del Sol para poder subir 400m y situarnos en una altitud de 3880m y aclimatar. También desde ese punto queríamos presenciar el amanecer viendo el Everest (o Chomolungma, su nombre en el idioma tibetando, sitio de origen de los Sherpas del Khumbu). La subida era bastante vertical y la temperatura no debería llegar a los grados positivos, subimos bien abrigados con la respiración entrecortada por el frío y lo inesperado de la subida. Las nubes bajas del amanecer se posaban encima del río del valle del Khumbu, ofreciendo un espectáculo visual al cuál se añadieron los helicópteros de las expediciones, que subían por el valle, dejando ver la magnitud de la naturaleza que estábamos contemplando.

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A la que el Sol comenzó a calentar las caras de los valles, las nubes bajas fueron desapareciendo y los picos que reinan la zona del Khumbu comenzaron a aparecer y asentar su presencia: Lobuche, Everest, Lhotse, Amadablam… se veían enormes e imponentes delante nuestro, y nosotros reflexionábamos “estamos a casi 4000m y delante nuestro tenemos a verdaderos gigantes que nos doblan en altura”. Y ahí estábamos contemplando el techo del mundo y viendo lo que sería nuestro destino para los próximos 15 días.

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Sabía que mi mochila de casi 18kg me pasaría factura, que me iban a doler las piernas, la espalda y partes de mi cuerpo que aún no conocía, pero todo esto forma parte del viaje y de la aventura y uno tiene que ser consciente de que el dolor va a llegar y tiene que aprender a aceptarlo una vez esté ahí, ya que cuando todo el dolor y el sufrimiento hayan pasado, son precisamente estos, los que harán brillar y emocionarte al pensar en esa mañana en Everest View Hotel, a 3880m, tomando una taza de chocolate con mi mejor amigo de la infancia y mi nuevo gran amigo mexicano.

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Lee aquí la primera parte del viaje

Written by oriolSP
Siempre curioso, salí en mayo de 2015 a explorar el mundo, iba a ser un corto viaje y se ha convertido en una forma de vida