De vuelta a Bali

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Bajando del cráter, me encontré con el resto del grupo y nos subimos a las motos para probar de qué pasta estaban hechas nuestras scooters y ver si podían soportar un poco de drifting por el desierto de Bromo. Estuvimos quince minutos haciendo el cafre con las motos derrapando, acelerando, frenando… Matt incluso se cayó de la moto y se llenó de polvo volcánico toda la cara, ropa y chasis de la moto. Contra todo pronóstico, la moto seguía funcionando.

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Acabada de documentar toda la acción, volvimos al hotel para ducharnos y comer, después teníamos que comenzar la vuelta a Bali, la idea era pasar la noche en el mismo pueblo que a la ida, cerca de Besuki, pero viendo que era pronto y que no estábamos tan cansados, fuimos alargando la parada. en los semáforos, aprovechábamos para estirar, mover las piernas y cambiar de posición; tantos días y kilómetros de moto pasaban factura. De tanto alargar la parada, llegamos al tramo de autopista de los camiones y el asfalto regular, donde, de noche, nos encontramos de nuevo con el camión averiado, y con los indonesios ahí avisando, esta vez pero, tenían una hoguera encendida en medio de la carretera para señalar y hacer visible el camión que ocupaba un carril entero de la supuesta autopista. Cuando salimos de la autopista, ya faltaba muy poco para llegar a la terminal del ferry, así que decidimos hacer noche cerca del pueblo del ferry -hotel escogido por las chicas- y a la mañana siguiente nos levantamos con el mar justo delante y el desayuno -Nasi Campur- en la puerta esperándonos; Y todo esto por menos de lo que cuesta un café con leche y un bocadillo en España. Parecía que la suerte seguía sonriéndonos.

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Se me ocurrió proponer de visitar unas cascadas en Ubud -la meca del yoga, la comida sana y la vida alternativa en Bali- y visitar un poco los alrededores, donde según decía la gente aún se podía descubrir mucho de Bali que no había sido arrasado por el turismo de masas, o el turismo en sí. Así también volvíamos por un camino diferente que el de ida y descubríamos nuevas carreteras con las scooters.

Cruzando montañas y llegando a Ubud

 

Dicho y hecho, tan solo bajar del ferry nos dirigimos hacia Ubud, la ruta cruzaba campos de arroz y las montañas del centro de Bali, donde subes del nivel del mar a casi -o incluso por encima- los mil metros de altura y aparecen nubes, el clima se convierte en húmedo y la temperatura baja unos cuántos grados, hasta el punto de que tienes que ponerte una chaqueta. Primero tocaba cruzar de oeste a centro la isla de Bali por la carretera del norte que bordea la costa norte. Al revés que la del Sud, esta no recibe casi nada de oleaje y es famosa para practicar buceo y snorkel.

Cuando reprendíamos la marcha después de una comida con Nasi Goreng como plato, a los pocos kilómetros y conduciendo a más de 70km/h agarré un agujero en la carretera, y pinché la rueda trasera de la moto. Por suerte en Bali, puedes reparar este tipo de pinchazos por menos de 5€ y hay talleres repartidos por todos sitios y te lo hacen en menos de 10 minutos -La rueda esta se me pincharía de nuevo a los pocos días y después otra vez esa misma noche con lo que llamé al propietario de la moto para que me cambiara el neumático directamente, y lo hizo sin problemas!-.

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Una vez arreglada mi moto, tuvimos que buscar a Matt que no se había dado cuenta y había tirado recto, teníamos que desviarnos en pocos kilometros y suponíamos que también se había pasado el desvío. Eric y Pilou fueron a buscarlo, y el resto tiramos hacia lo que era la subida a las montañas. El paisaje de repente se tornó verde por los campos de arroz que iban apareciendo por todos lados. Dejé que Sergi y judit se adelantaran porque querían ir a visitar un templo que quedaba justo después de cruzar las montañas y ami me apetecía más perderme por los campos de arroz  y ver si podía capturar a alguno de los trabajadores de los campos de arroz. Entré en una plantación donde salí a los pocos minutos ya que todos los trabajadores parecían mirarme un poco extrañamente cuando enfocaba con la cámara. Seguí circulando y maravillándome con las extensiones de terrazas de arroz que había. Al final me paré en lo alto de una montaña donde había un mirador y justo entonces aparecieron el resto del grupo; Eric, Pilou y Matt. Al pie de las montañas nos reunimos con Judit y Sergi, que ya habían terminado de visitar el templo. Como se estaba a punto de hacer de noche y no queríamos llegar a las cascadas oscureciendo, decidimos pasar la noche en Ubud y ir hacia allí al despertar, bien pronto. De camino a Ubud, Matt y yo, nos topamos con unos chicos jugando a pelota y nos sumamos al partido. Yo demostré que la gente de Barcelona también puede ser nefasta jugando al fútbol; Matt se dedicó más a documentar el partido y hacer muecas a los más pequeños desde la banqueta. De ahí, nos fuimos al hotel y a cenar a un restaurante italiano, queríamos cambiar un poco la dieta de los anteriores cinco días que había sido a base de Nasi Goreng.

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Perdiéndonos por los alrededores de Ubud

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Por la mañana, solo Matt y yo fuimos a la cascada, nos costó un poco encontrarla, pero valió la pena la búsqueda. Un chorro de agua de casi 30m caída en picado sobre una pequeña laguna, cuando te ponías debajo del chorro, parecía que estuvieras en una tormenta en medio del océano. Tuvimos la suerte de haber llegado los primeros a la cascada y de tenerla toda para nosotros solos y pudimos explayarnos tirando fotos e intentando no matarnos con las resbaladizas piedras mojadas.

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Al salir de ahí teníamos aún más ganas de aventura y de explorar un poco las montañas de los alrededores de Ubud y ver que podían ofrecer. Pusimos rumbo a ningún sitio y nos dejamos llevar por el azar y nuestro infalible instinto viajero nos guiara.

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Acabamos atravesando campos de cacao, café y hablando con un campesino que trabajaba en ellos y que no sabíamos muy bien que nos decía. Por último acabamos pasando por delante de una casa, donde una mujer mayor nos hizo señas para que nos acercáramos y nos ofreció frutas de los árboles que tenía en su terreno, una especie de limón más grande y con el color de la carne rojo y muchas pepitas. Al final nos invitó a comer con ella y su hija y nos ofreció café. La casa consistía en dos simples habitaciones, una en la que ella dormía en un sencillo camastro, y otra en la que, básicamente, había una pequeña cocina a fuego con leña y donde cocinó en una cacerola enorme y negra tofu frito y arroz.

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Nos lo sirvió todo con una salsa casera picante llamada Sambal y que puedes encontrar en toda Indonesia. El plato era muy picante, pero estaba delicioso, la mujer no quería que le echaramos fotos a ella, así que respetuosamente nos limitamos a disfrutar de la comida y las vistas a las montañas de Bali.UbudMountains-8

Al irnos no sabíamos si la mujer estaba esperando algo de nosotros, a cambio de toda la comida y la buena voluntad. Pero no hizo ningún gesto ni inclinación hacia ello así que simplemente nos despedimos y le dimos mil veces las gracias con una sonrisa de oreja a oreja.

Ella simplemente nos invitó a comer porque le apetecía, y no esperaba nada a cambio, porque nos cuesta tanto a los occidentales de las sociedades capitalistas entender que la gente quiere hacer cosas por el simple hecho de hacerlas y sin esperar nada a cambio?

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 Lee la parte 1 del viaje en Ijen (Java)

Lee la parte 2 del viaje en Bromo (Java)

Written by oriolSP
Siempre curioso, salí en mayo de 2015 a explorar el mundo, iba a ser un corto viaje y se ha convertido en una forma de vida