En moto por el norte de Java

Salimos del hotel frescos como rosas, con ganas de carretera y Sol en nuestros brazos. Como cada día en Indonesia, teníamos 28ºC y un Sol de justicia con un cielo azul de fondo. Aquel día teníamos que deshacer camino hasta la terminal de ferry, seguir hacia el norte de la isla, cruzar hacia el centro por las carreteras del norte y después dirigirnos sur una vez llegados a Probolinggo.

Habíamos dividido este trayecto en dos días ya que en uno podía ser demoledor. Para ir de este a oeste, teníamos que conducir a través de una „autopista“, a cada lado de la carretera había bosque con arboles altos y monos en ellos. Los verdaderos protagonistas de esa carretera eran los camiones. Un carril por sentido– el contrario por supuesto utilizado para adelantar- el estado del asfalto parecía decente, pero de repente podías encontrarte un agujero que te haría salir volando de la moto si no ibas bien agarrado al manillar. También nos cruzamos con un camión parado en medio del carril contrario –supongo que estaba averiado- con la bahía del motor abierta y unos cinco indonesios avisando a los conductores agitando los brazos –el mismo camión seguiría ahí, junto a los indonesios, unos días más tarde cuando volvíamos de Bromo-.

Saliendo de la autopista, nos tocaba cruzar pueblos y pueblos hasta llegar hasta la costa donde queríamos hacer noche junto al mar en un pueblo turístico (para los locales). La locura del tráfico indonesio, ya no me resultaba anormal, pero me extrañó que en determinados puntos de la carretera había un tío ocn una cesta pidiendo dinero, en medio de la carretera, y muchos coches paraban y le daban unas cuantas rupias. Al principio pensé que se trataba de una subvención para los trabajos en la carretera, ya que siempre había obras y maquinaria cerca de donde se situaban estos personajes, pero después me contaron que eran donaciones para terminar la mezquita que se estaba construyendo justo al lado. Ninguno de nosotros dio una rupia, tampoco pensamos que nos tocara contribuir con ello y no hubo ningún problema.

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Llegados al pueblo costero donde teníamos pensado quedarnos, teníamos que buscar alojamiento. Estaba lleno de hoteles a pie de mar y tuvimos la típica discusión de cualquier roadtrip. A unos nos daba igual el lugar donde dormir y básicamente nos importaba el precio, a otros (lo siento pero sí, eran las chicas) querían ducha caliente y una habitación limpia y bonita.

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Finalmente escogieron ellas y terminamos teniéndonos que comer nuestras palabras ya que escogieron un hotel más barato y más limpio que el primero en el que paramos y que para mi ya estaba bien. A partir de ese día ya decidí que para mi yo no buscaría más el hotel, estaba claro que se les daba a ellas mejor. De ahí nos fuimos a cenar, como no, pescado fresco a la brasa. De ahí directos a la habitación, yo no tenía aún mucho sueño así que me fui a dar un paseo por la playa con la cámara y ver si encontraba algo interesante. Había Acabé invitado a un café en un pequeño Warung a pie de playa, me invió Suryia –que significa madre en indonesio, pero es lo que entendí que era su nombre- una madre que quería aprender inglés; tenía cuatro hijos, dos pequeños y bastante traviesos, uno en la universidad y una niña de trece años que iba al colegio y la ayudaba a ella con el Warung. Estuvimos un rato hablando de Barcelona, su inglés, el tiempo que yo llevaba en Indonesia, a dónde me dirigía… Me apunté unas cuantas palabras en Bahasa, a ver si aprendía un poco del idioma después de casi un mes en el país y y sintiéndome cansado volví hacia la habitación. Matt me estaba esperando en la puerta ya que me había llevado la única llave de la habitación conmigo. Estuvimos conociéndonos un rato, hablando de nuestras vidas, amores, proyectos de futuro… Los dos nos encontrábamos en un punto de nuestras vidas similar, sin una idea muy clara de adónde dirigirnos pero sabiendo que lo que queríamos por ahora es viajar. Matt es un apasionado de la escalada también fotógrafo, así que teníamos una visión parecida en el concepto de viajar. Matt es una persona totalmente apasionada cuando habla y te aseguras de escucharlo atentamente cuando habla y gesticula con sus grandes brazos. Estuvo tres meses en México, donde estuvo escalando y ayudando en una ONG local que fomenta la educación a través de la escalada. También conoció a una señorita, me decía que quería ir a verla pero que no encontraba el momento para hacerlo ya que un billete de ida y vuelta a México se salía del presupuesto. Su siguiente plan, era ir a Laos y Vietnam a escalar –un mes más tarde del viaje, lo hizo- y después ya vería. Básicamente como yo.

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De camino al parque nacional

Me levanté temprano, ya de día, y me fui con la cámara a caminar por la arena blanca de la playa, tiré unas cuantas fotos de las calmadas aguas y los típicos barcos indonesios, los cuales usan troncos de bambú como flotadores a banda y banda del casco, lo que los convierte en una especie de trimarán. Después de desayunar nos dimos un baño refrescante y nos lamentamos de no tener con nosotros nuestras gafas de snorkel para poder ver el coral que había en esa zona.

Ya en las motos, emprendimos de nuevo el rumbo hacía las faldas del parque nacional del Semeru. El paisaje siguió sin cambiar por unas cuantas horas, hasta que comenzamos a elevarnos por encima del nivel del mar y comenzaron a aparecer paisajes más montañosos. Nos elevamos más de 1000 metros por encima del nivel del mar y tuvimos que ponernos chaqueta ya que con la moto refrescaba. Paramos en un hotel cerca de la entrada del parque nacional, queríamos levantarnos a la 1.30 de la mañana para poder llegar al mirador Love Hill un poco antes de la salida del Sol. Eric ya había hecho lo mismo un par de meses antes con Quique y relataba la experiencia como algo increíble y sobrecogedor.

Bromo de noche

Lo planeamos todo para que nos sobrara suficiente tiempo en caso de que nuestras scooters quedaran encalladas en las arenas del desierto que teníamos que cruzar para llegar hasta las colinas donde se encontraban los miradores.

Visitando Bromo

Llegamos a la entrada del parque nacional donde supuestamente se tiene que pagar una entrada de casi 20€ si vas a ver la salida del Sol, pero Eric se conocía un truquito para no tener que pagarlos y poder pasar con la moto. Dijimos que nos dirigíamos a subir el Semeru, la entrada del cual se paga al pie de la montaña. Hicimos eso porque como en los templos, hay una gran e injusta diferencia de precio si eres local o extranjero, básicamente una diferencia de más del 100% del precio.

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Entramos y metimos las motos en las profundas arenas volcánicas del desierto que rodea los volcanes del parque nacional, los que iban de dos tuvieron que hacer bajar al acompañante un par de veces ya que la moto no podía tirar con el peso de los dos. Sin indicaciones, de noche y sin ninguna luz más que la de las motos fuimos adivinando el camino, ayudados por los jeeps que nos adelantaban a toda velocidad con su tracción a las cuatro ruedas y potentes motores.

Una vez aparcados en el mirador, a tiempo para disfrutar aún de la noche cerrada y poder ver las primeras luces aparecer por el este. Los fotógrafos nos pusimos directamente a intentar capturar el cielo de noche, se veían decenas de jeeps por el desierto, era fin de semana, y Bromo es uno de los destinos más populares entre los locales para ir a visitar con la familia. Los indonesios aunque no salen mucho de su país ya que les sale muy caro, viajan mucho a través de él, en verdad siendo un país tan grande, con tantas islas y tantos diferentes paisajes, culturas, religiones e historia, si quieres conocerlo bien tendrías que estar ahí viajando full-time por más de un año.

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El Sol comenzó a iluminar los diferentes volcanes que componen el Parque Nacional del Semeru, comenzaron a iluminarse los canales por los que debería bajar la lava cuando los volcanes entraban en erupción. El contraste creaba una textura en el volcán que hacía que la escena pareciera salida de una película de Parque Jurásico. Los tonos púrpura del amanecer se mezclaban con el marrón oscuro de los volcanes creando un juego tonal impresionante e irreal. Nuestra colina no era la más transitada, perfecto para poder movernos a nuestras anchas por ahí y tenía un árbol casi al límite del acantilado que daba un escenario perfecto para la sesión de fotos.

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Cuando los colores del amanecer habían desaparecido y el Sol comenzaba a calentar de verdad, fuimos a desayunar al Warung que quedaba al lado del parking de la colina. Café, galletas Oreo y otra vez en las motos. Íbamos hacía el cráter del volcán, cruzamos el trozo de desierto que nos separaba de las escalaras que te llevaban hasta el mismísimo cráter y comenzamos la subida.

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Una vez arriba, tenías delante de ti todo el perímetro del cráter por recorrer, al principio tenía vértigo. Era mi segundo volcán en menos de un mes, pero el cráter de Bromo era mucho más grande que el del Merapi y ahí no podías caminar alrededor del cráter. No hay ninguna valla de seguridad o medida que te impida deslizarte hacía las profundidades del cráter y no mucha gente se atreve a darse una vuelta por ahí. Se oía perfectamente el rugido que salía de su interior y visualmente lo acompañaba una columna de humo blanco que salía de dentro, probablemente agua hirviendo ya que no olía a huevo podrido ni nada parecido.

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El sonido me cautivo de manera espectacular, era un sonido poderoso, que te hacía sentir pequeño e insignificante. Mientras el resto iba bajando, yo me quedé un rato para escribir unas líneas en mi cuaderno de notas:

“Qué es viajar? Viajo porque tenía la ansia dentro de mi de conocer el mundo, de ver esos maravillosos paisajes, sentir el calor del Sol en mi piel, oler y probar los diferentes manjares de todos los rincones del mundo y poder compartir todas esas sensaciones. Pero creo que los mejores momentos nunca podrán ser compartidos, hemos de disfrutar esos mágicos momentos, cerrar los ojos y sentir, experimentar cada segundo, cada gota de sudor en nuestra frente, cada ruido en el aire, cada pisada en la arena. Cerrar los ojos y viajar, viajar a tu interior, quizás descubrirás cosas de ti mismo que pensabas olvidadas, quizás te darás cuenta de lo vivo que te sientes, de lo capaz que eres de TODO! No hace falta subir todas las montañas del mundo, visitar todos los países o retratar todos los momentos. Viaja como tú lo sientas, como a ti te gusta. No siempre será fácil, pero la recompensa será por encima de lo esperado. Olvida todo lo que crees saber, del mundo y de ti mismo; Sé flexible, déjate llevar y deja cosas por hacer. Cuando viajes busca aquello que realmente quieres, aunque no sepas realmente lo que es, cuando lo encuentres lo sabrás.”

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Como conté al principio del anterior post, creo que Bromo fue para mi la 1ª experiencia real viajando como a mi me gusta, a mi manera, y fue en ese preciso momento, en el cráter del volcán de Bromo escuchando el rugir de sus entrañas en el que me di cuenta que estaba viviendo y haciendo lo que yo quería, por fin, después de casi 5 meses desde que me fui de Barcelona con mi mochila, me sentía realmente que estaba donde me tocaba estar, no sé como describirlo, pero uno de repente se da cuenta.

 

Written by oriolSP
Siempre curioso, salí en mayo de 2015 a explorar el mundo, iba a ser un corto viaje y se ha convertido en una forma de vida